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Erasmo de Rotterdam (1466-1536)
“Príncipe de los Humanistas”

[ssba]
6 de mayo 2019

Algunos de los desvíos morales que hoy se observan al interior de la Iglesia Católica se vivenciaban también, de modo contundente y sonoro, en la iglesia de la época renacentista, durante los siglos XV y XVI. Desiderius Erasmus van Rotterdam no fue indiferente a ello, y aun habiéndose ordenado sacerdote de la orden de los […]

Algunos de los desvíos morales que hoy se observan al interior de la Iglesia Católica se vivenciaban también, de modo contundente y sonoro, en la iglesia de la época renacentista, durante los siglos XV y XVI. Desiderius Erasmus van Rotterdam no fue indiferente a ello, y aun habiéndose ordenado sacerdote de la orden de los Canónigos Regulares de San Agustín, denunció en sus obras, con bastante ironía, el descaro y la inconsecuencia de autoridades eclesiásticas y clérigos. Acusó la disciplina que se aplicaba respecto de los niños, mientras los monjes contrariaban con relajo los valores y principios que enseñaban. Al momento de indagar sobre el carácter melancólico de Erasmo -que algunos autores han remarcado-, y que se hace muy evidente en la mirada del retrato que le hizo el pintor flamenco Hans Holbein el Joven en 1523, cabe tener en cuenta que fue hijo sacrílego y quedó huérfano a los 13 años; además, seguramente él mismo fue víctima de aquellas inconsistencias morales mientras pasó parte de su infancia en el monasterio.Quizá el rasgo más característico y valioso de este respetado teólogo (estudió Teología en la Universidad de París) y filósofo, fue el hecho que siempre resguardó su libertad de pensamiento, su independencia como intelectual que creaba obras de “pensamiento puro”. Prueba de ello es que en pleno periodo de la reforma protestante, no se dejó presionar por Martín Lutero, quien le rogaba asumiera un rol como líder de esta, ante lo cual Erasmus continuamente se negó. Pero tampoco tomó partido absoluto por el papado: condenó la bula de excomunión de Lutero y se manifestó en contra de la escolástica formalista, afirmando que se había perdido la simplicidad evangélica de la Iglesia. Convencido amante de la libertad y de la espiritualidad auténtica (imitación de Cristo), rechazó cargos académicos y promociones eclesiásticas, y optó por trabajar en una imprenta. Veneraba tanto a Cicerón como a San Pablo. No exento de vanidad, podemos verlo mientras escribe, en otro retrato de Holbein que se encuentra en el Louvre.

Su obra más conocida -pero no la más importante- es “Elogio de la Locura” (en Latín “Moriae Encomium”, publicada en 1511), escrita durante su viaje de Italia a Inglaterra y dedicada a su amigo también humanista y teólogo Tomás Moro. En ella describe la “locura” (necedad) de las distintas clases sociales y especialmente critica los abusos cometidos por la Iglesia. Conocido como el “príncipe de los humanistas”, destacó por su perseverante estudio y traducción de textos clásicos
Erasmo de Rotterdam (1466-1536) “Príncipe de los Humanistas”
de la antigüedad grecolatina; ámbito en el que encontraba la tan añorada libertad. En los “Adagios”, colección de proverbios griegos y latinos, trabajó toda su vida, iniciándola con 690 de ellos hasta que completó 4.500. Como humanista cristiano, buscó los textos más auténticos de las escrituras sagradas. “Nuevo Testamento en Griego”, de 1516 (luego traducido al Latín), fue su obra más trascendente desde el punto de vista histórico, ya que Martín Lutero tomó como base esa traducción para desarrollar las ideas del protestantismo. Además, quiso que los Evangelios estuviesen al alcance de todos, así en “Paráfrasis del Nuevo Testamento” los explica de forma sencilla. Esta obra se tradujo a las lenguas vulgares de cada país europeo. Pero también encontramos en Erasmo obras que develan su sensibilidad y su filosofía más existencial, en libros como “Sobre la enseñanza firme pero amable de los niños” de 1528 y “Preparación para la muerte” de 1534.

Mucho de su carácter e ideas se conoce hoy por la nutrida correspondencia (más de 3.000 cartas) que mantuvo con amigos, políticos y filósofos, quienes, conociendo su moderación, pedían su consejo. Recordemos aquí que fue consejero del emperador Carlos V, para quien escribió “Educación de Príncipe Cristiano”. Erasmo logró la admiración de sus contemporáneos, y como le gustaba mucho la obra gráfica de trazos negros del renacentista alemán Alberto Durero, le pidió personalmente a este que lo retratase por medio del grabado y tiza negra, con la finalidad de enviar su imagen a los destinatarios de sus cartas y obras.

Puede hablarse de Erasmo en tres palabras, como un ser independiente, viajero y crítico del mundo que le rodeaba. Veamos algunos ejemplos de esto: si bien concordaba con Martín Lutero en la necesidad de una reforma, no aceptaba la violencia, inclinándose por un cambio basado en la extensión de una mayor ilustración. Es conocida la frase con que la Iglesia lo acusaba de estar en el germen de la reforma protestante: “Usted puso el huevo y Lutero lo empolló”, ante lo cual Erasmo se defendía, expresando: “Sí, pero yo esperaba un huevo de otra clase”, manteniendo una postura intermedia entre ambos bandos. Por otra parte, nunca tuvo cargos de permanencia. Así, durante su estadía en Inglaterra bajo el reinado de Enrique VIII, solo por un tiempo, fue profesor de Teología en la Universidad de Cambridge.

Sin duda alguna Erasmo encarnó al nuevo hombre humanista-renacentista, que indaga en el mundo clásico grecolatino la sabiduría de la antigüedad, que cuestiona los métodos medievales escolásticos, que se ríe de la naturaleza humana y que al mismo tiempo la ensalza. Ello, llegando a creer que, precisamente, la necedad o locura es el componente básico de la espontaneidad del hombre y, más aún, elemento clave de la felicidad, dado que el exceso de razón torna duro el corazón del hombre. Sobre su vida íntima hay algunas zonas más grises que ciertos autores no han querido pasar inadvertidas, como por ejemplo el hecho de que contrajo sífilis en Lovaina o que escribía a Roger Servais declarando su amor. Nada de lo cual debería, en todo caso, opacar o poner en duda su gran aportación como Humanista Cristiano.

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