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Del gótico al renacimiento nórdico: un arte para la burguesía
por Carolina Seeger Caerols, abogada.

30 de diciembre 2019

La denominada “pintura flamenca” se desarrolló a contar del siglo XV y hasta el XVII en lo que hoy conocemos como Benelux (Bélgica -antiguamente Flandes-, Holanda, Luxemburgo) y el noreste de Francia (Borgoña). Sin embargo, cuando se hace referencia a los primitivos flamencos debemos ubicarnos exclusivamente en el siglo XV y principios del XVI, cuando […]

La denominada “pintura flamenca” se desarrolló a contar del siglo XV y hasta el XVII en lo que hoy conocemos como Benelux (Bélgica -antiguamente Flandes-, Holanda, Luxemburgo) y el noreste de Francia (Borgoña). Sin embargo, cuando se hace referencia a los primitivos flamencos debemos ubicarnos exclusivamente en el siglo XV y principios del XVI, cuando esta escuela de pintura tiene su origen en Flandes bajo nombres tan destacados como Robert Campin (conocido como maestro de Flémalle) y los hermanos van Eyck.
En 1433, Felipe el Bueno (Valois), duque de Borgoña, conocido mecenas del arte gótico, anexiona todo el espectro geográfico de los países bajos. Aquella corte se distinguirá por el esplendor sensual, fastuosas cabalgatas, torneos, banquetes con pasteles de tamaño natural y una vida principesca que parece un carnaval; así lo describen cronistas medievales: “trajes extravagantes y recargados; (…) calzados terminados en garras, en cuernos, o en colas de escorpión; cotas bordadas con letras, animales, notas de música; ropas cubiertas de zafiros, de rubíes, de golondrinas de orfebrería (…). Las mujeres, cubiertas con magníficos velos, desnudo el seno y coronada la cabeza por medias lunas y conos monstruosos, vestidas con túnicas multicolores, en las cuales figuran unicornios y leones, se sientan en sitiales que figuran pequeñas catedrales esculpidas y doradas”.
Junto a esta vida de continua kermesse y costumbres licenciosas (Felipe el Bueno tuvo tres mujeres legítimas y veinticuatro amantes) persistía, particularmente en los burgueses, amantes de los antiguos hábitos, el fervor religioso de la Edad Media. Cabe remarcar también, como contexto histórico, que el apogeo urbanístico y crecimiento comercial de ciudades como Gante y Brujas en el siglo XIV y la riqueza proporcionada por la industria del tapiz en Ypres durante el siglo XIII, hicieron posible el auge de la burguesía y la permanencia de gremios de artesanos, lo cual potenció un creciente mercado para el arte.
En la selección de pinturas de los primitivos flamencos que aquí presento, podemos visualizar el período de transición que significó el siglo XV, desde un mundo gótico que aportó el recogimiento místico, el intenso colorido y detallismo derivado de una amplia tradición en la iluminación de manuscritos, hacia una época en que el humanismo, entendido acá como la preponderancia del hombre y su individualidad, iría ganando terreno.
La Virgen del Canciller Rolin (1435), de Jan van Eyck, es un óleo sobre tabla de roble, en el cual finamente ataviado con brocado y orla de piel vemos a Nicolás Rolin, canciller de Felipe el Bueno, con corte de pelo a la moda del momento y su libro de horas, en presencia de la Virgen. Nótense en esta obra características típicas de la pintura flamenca primitiva, como su pequeño formato, pues estaba destinada a ubicarse en un altar de una capilla privada del canciller en Autum; la representación exacta de la materialidad de los objetos; el logrado naturalismo de los rostros, plantas y paisaje; todo ello facilitado por la perfección de la técnica del óleo debida a los hermanos van Eyck, al aglutinar los pigmentos de color con aceite de linaza, lo que hizo posible colores saturados y brillantes, sutilezas en la gradación del color, veladuras, una perspectiva aérea y la representación de la atmósfera.
Robert Campin es el autor del Tríptico Werl o Santa Bárbara y San Juan con el donante (1438); aquí solo podemos observar los postigos laterales, en el izquierdo aparece el donante franciscano Heinrich Werl y el intercesor San Juan Bautista. En el postigo derecho se encuentra Santa Bárbara leyendo la Biblia y en el paisaje tras la ventana puede verse una torre que es su atributo (por el hecho de ser cristiana fue encerrada por su padre en una torre y luego decapitada por este). Importante es destacar el orden burgués propio de las estancias flamencas, la imagen de la luz sobre los objetos, la sombra proyectada por la escultura de la Santísima Trinidad arriba de la chimenea, todo el espacio lumínico. Por aquel tiempo fue muy popular el libro Imitación de Cristo, atribuido al beato Tomás de Kempis, que invita a incardinar la religión en la cotidianidad; de este modo será común encontrar paneles para la devoción privada como este, en que se ilustran interiores domésticos. La imagen central del tríptico, probablemente una Virgen, lamentablemente no se ha encontrado.
Valorando la factura minuciosa, rasgo característico en el trabajo de los primitivos flamencos, el historiador del arte Erwin Panofsky indicó que aquella pintura “funcionaba como un telescopio y microscopio al mismo tiempo”.
En la tabla de Hans Memling Retrato de un hombre joven orante (1485), con su reverso de flores, podemos comprobar que el carácter místico se encuentra capturado ya por el individualismo humanista y por la voluntad de trascender de la burguesía, clientela que estaba deseosa de ver reflejado su mundo y su propio rostro en las pinturas que encargaba. Finalmente, en Retrato de Muchacha (1465) de Petrus Christus, ya no vemos un fin devocional, apareciendo la retratada con su dimensión psicológica, como protagonista absoluta.
Así, hemos recorrido este camino de espiritualidad, marcado por la herencia gótica y alzándose en la configuración de un renacimiento nórdico (muy distinto del italiano e independiente de este), constituido por una pintura esencialmente táctil, lumínica, de interiores burgueses, que culmina en el género del retrato. Estas son las características y potencialidades que evolucionarán posteriormente en plenos siglos XVI y XVII hacia la conformación de la escuela holandesa, donde encontraremos, por ejemplo, a Vermeer, heredero de esta luz que hemos visto nacer, y a Rembrandt, ícono del realismo psicológico en el retrato.
Fuente: Revista