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Duelo al mediodía (1945)
Por Juan Francisco Gutiérrez Irarrázaval, abogado.

30 de diciembre 2019

Me hubiera gustado poder comentar una película más reciente, pero para usar la frase tan manida por estas fechas “por razones de todos conocidas” no tuve la oportunidad de hacerlo, ya que los cines estaban cerrados. Así las cosas, me siento en entera libertad de comentar lo que me da la gana, en este caso, […]

Me hubiera gustado poder comentar una película más reciente, pero para usar la frase tan manida por estas fechas “por razones de todos conocidas” no tuve la oportunidad de hacerlo, ya que los cines estaban cerrados. Así las cosas, me siento en entera libertad de comentar lo que me da la gana, en este caso, la película “1945” del director húngaro Ferenc Török, exhibida el año 2018 en el circuito de cine arte.Dos sombríos personajes (Iván Angelus y Marcell Nagy) arriban a la estación de trenes en un remoto pueblo húngaro un caluroso día de agosto. Por sus vestimentas de riguroso negro se les puede claramente identificar como judíos ortodoxos. Contratan al único carromato existente, al cual suben dos voluminosas cajas y lo acompañan con andar pausado camino hacia el pueblo. Delante de ellos va raudo el jefe de estación a advertir la inminente llegada de los extranjeros, generando una inmediata cadena de rumores y sospechas.

En paralelo hemos visto a István Szentes (Péter Rudolf), el alcalde del pueblo y dueño de una próspera farmacia, quien se acicala frente al espejo en preparación para el matrimonio de su hijo, el pusilánime Arpád (Bence Tasnádi) con la joven belleza local Kisrózi (Dóra Sztarenki), quien parece más interesada en la farmacia y en su antiguo amor, el seductor comunista y bilingüe en ruso, Jancsi (Tamas Szabo Kimmel).

Más allá de los problemas de István de lidiar con las dificultades propias de tener un pueblo (al igual que todo el país) ocupado por las tropas rusas, que enfrenta las primeras elecciones tras el término de la guerra, la exitosa organización del matrimonio requiere mantener bajo control los preparativos de la fiesta, los novios y a su mujer Anna (Ezter Nagy-Kálózy), quien es una adicta a los opioides. A esta puesta en escena llegan los misteriosos extranjeros, gatillando con su sola presencia remordimientos, culpas, miedos y la necesidad de enfrentar un pasado que se pensaba ya sepultado.

Filmada en un glorioso blanco y negro, la película recuerda más la factura de un western (piensen en “High Noon” con Gary Cooper), que una película sobre la post-guerra. Mientras el carromato avanza inexorable hacia el pueblo, se ponen en escena los elementos de un enfrentamiento, no entre el bueno y el malo, sino entre un pasado y un presente que será fracturado en términos que a todos atemoriza. Török aprovecha la tragedia del Holocausto judío de la II Guerra Mundial (según algunos cálculos el 70% de la población judía húngara murió) para crear una obra coral, en la que no interesa tanto internarse en la psicología de los protagonistas, como mostrar de qué forma se altera el statu quo cuando se enfrenta con el pasado que le dio origen y que se ha pretendido ocultar. En este pueblo en particular algunos fueron activos partícipes en identificar a los judíos existentes en su rededor para ser llevados a los campos de exterminio, mientras que otros fueron testigos pasivos, pero todos se beneficiaron en mayor o menor medida de los bienes que quedaron tras su partida.

Algunos buscarán la absolución: “Tendremos que devolver todo”, dice el borracho del pueblo (Jozsef Szarvas) trastornado por el remordimiento; otras permanecerán con su avaricia intacta: “Si preguntan, las cosas desaparecieron, puede que hayan sido los alemanes o los rusos”, dice su mujer (Agi Szirtes). Ignorantes del trastorno causado por su presencia los dolientes llegan al cementerio del pueblo a enterrar, en ausencia de los cadáveres, los juguetes y ropas de los ¿nietos? ¿hijos? muertos en el Holocausto, concluido lo cual se retiran en forma igualmente solemne y silenciosa.

La salida de escena de los hombres de negro (pasado) da paso a un presente que habiendo hecho implosión debe ahora recomponerse, dejando la duda en el espectador de si ello tendrá lugar a partir de reconocer la verdad o si la codicia logrará volver a enterrarla junto a las cajas dejadas en el cementerio.

Fuente: Revista