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Lo que queda del profesionalismo

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5 de diciembre 2017
Pablo Fuenzalida Cifuentes

“…El premio Nobel de Literatura de este año fue conferido al escritor británico Kazuo Ishiguro, cuya novela más famosa, Lo que queda del día, se transformó en material de lectura en algunas facultades de derecho norteamericanas. Dicha incorporación a la bibliografía de cursos sobre ética profesional coincidió con la adaptación cinematográfica de la novela durante la primera mitad de la década de los noventa…”

El premio Nobel al académico Richard Thaler y su aporte a la economía del comportamiento o conductual ha sido objeto obligado de diversos comentarios provenientes del campo jurídico. Críticas y defensas, su obra como parte integral del análisis económico del derecho e incluso propuestas para enfrentar el abstencionismo electoral sin regresar al voto obligatorio son ejemplos recientes de difusión de su trabajo en nuestro país.

Menos conocida es la conexión entre el Derecho y el premio Nobel de Literatura. El galardón de este año fue conferido al escritor británico Kazuo Ishiguro, cuya novela más famosa, Lo que queda del día, se transformó en material de lectura en algunas facultades de derecho norteamericanas. Dicha incorporación a la bibliografía de cursos sobre ética profesional coincidió con la adaptación cinematográfica del libro durante la primera mitad de la década de los noventa.

Narrada en primera persona, la novela está centrada en la figura de Stevens, un mayordomo británico de la influyente familia Darlington. Durante lo que parecen ser sus primeras vacaciones de prácticamente toda su vida laboral, el protagonista rememora distintos momentos luego de una extensa trayectoria de servicio trabajando en una tradicional mansión en la campiña inglesa. A primera vista no resulta una elección natural u obvia para la formación de futuros abogados; sin embargo, presenta una aguda reflexión sobre el profesionalismo y los dilemas morales que apareja.

Lord Darlington organiza una conferencia con actores distintivos del orden global posterior a la primera guerra mundial. El propósito de Darlington es terminar con el ostracismo hacia Alemania posterior a su derrota en dicho conflicto. En ese contexto, Darlington le da una controvertida orden a Stevens motivada por el ánimo de no ofender a algunos de sus invitados, así como por los coqueteos del propio Darlington con simpatizantes británicos de los movimientos fascistas de la época. Stevens, si bien no comparte la decisión, hace caso omiso a su conciencia defiriendo esa materia a su empleador, por cuanto a un mayordomo no le correspondería dejar que sus sentimientos nublen sus deberes. Son otros más capacitados, como su empleador, Lord Darlington, quienes se encuentran en mejor posición que un mayordomo para discernir sobre los grandes asuntos. Sin embargo, antes de ejecutar dicha orden decide informar a la criada jefe, Sarah Kenton, quien se opone a la misma, calificándola de injusta y de un pecado como cualquier otro pecado. Su reticencia llega al punto de amenazar a Stevens con su renuncia. Finalmente, los deseos de su empleador son llevados a cabo por Stevens, creando un cisma entre este último y Kenton, cuyas consecuencias se arrastrarán durante el transcurso de sus vidas.

El debate académico en torno al libro se ha centrado en el conflicto entre moral personal y moral profesional que aqueja a los personajes —cabe agregar que el derecho inglés de la época autorizaba la decisión de Darlington—.

La actitud de Stevens reflejaría lo que la literatura denomina partidismo neutral. La actitud partisana demanda abogar por los fines perseguidos por el cliente utilizando todos los medios legales, siempre y cuando dichos fines se encuentren permitidos por el derecho. La neutralidad, por otra parte, le permite a el o la profesional del derecho argüir desinterés personal o incluso antipatía hacia los fines de su cliente, así como ausencia de responsabilidad moral por colaborar a que estos sean obtenidos. El reproche moral respecto a los fines perseguidos recae exclusivamente en la persona del cliente, único titular sobre los mismos, no en el o la abogado. Un ejemplo reciente de esta concepción puede encontrarse en la respuesta del decano de la Universidad de Chile ante las críticas de los estudiantes por su representación de clientes impopulares: “Yo entiendo que un estudiante de extrema izquierda no pueda comprender que yo haya sido abogado de los Penta, pero no entiendo que en la Facultad de Derecho no se comprenda cuál es el rol de un abogado. O sea, confundir la moral del cliente con la del abogado es una confusión que es absolutamente antinómica en derecho”.

La posición de Kenton, por su parte, reflejaría una concepción denominada activismo moral. Bajo esta concepción, el profesional debe anteponer su moralidad personal a la de sus clientes por cuanto no puede invocar absolución moral por asistirlos sin reparos en actos injustos aun cuando legales. Su actuación debería, además de no asistir a su cliente en dichos actos, promover en forma activa la justicia en la representación de sus clientes. Haciendo eco de las enseñanzas del jurista italiano Piero Calamandrei, un ex presidente del Colegio de Abogados Chile ofrecía una mirada similar: “Con frecuencia los abogados hemos dejado de ser los primeros jueces de las causas que patrocinamos. La ética de la maniobra ingeniosa pero torcida, del resquicio que acata la letra de la ley pero traiciona su espíritu, tiene efectos devastadores sobre nuestra profesión. La complicidad del abogado con estas prácticas —sea por inadvertencia, sea por oportunismo, sea por mala fe o por complacencia indolente con los intereses del cliente— a la larga erosiona nuestro principal activo profesional, que es la rectitud de conciencia y la integridad ética de la asesoría y los patrocinios que podamos dar”.

Ambas concepciones, según acontecen en el libro, han sido calificadas como formas pervertidas de profesionalismo (Atkinson, R. (1995) ‘How the Butler Was Made to Do It: The Perverted Professionalism of The Remains of the Day’, The Yale Law Journal, 105(1):177-220). El activismo moral relegaría la decisión sobre la moralidad de los fines perseguidos exclusivamente en la persona de Kenton (el o la profesional), mientras que la posición que favorece un partidismo neutral reserva el juicio moral a lo que decida el empleador (el cliente). La perversión se produciría por cuanto ambas posiciones llevan al aislacionismo moral. No existe un diálogo significativo entre el mayordomo Stevens y su amo Darlington en el cual el primero haga ver sus reparos para que este último tenga la oportunidad de sopesar las consecuencias de sus actos y eventualmente enmendar el rumbo. Respecto de la criada Kenton, la ausencia de diálogo empobrecería el discernimiento entre pares o entre profesionales y sus amistades cercanas. Atkinson concluye que el libro ofrece una visión trágica sobre el profesionalismo, entre perfeccionista y nihilista.

Análisis posteriores han destacado la omisión de Stevens al solo considerar la lealtad hacia su empleador sin dar cuenta de la posible existencia de una lealtad debida hacia un fin mayor, como la Corona británica o la patria —el equivalente a ser un auxiliar de la justicia—. Es decir, cabe preguntarse si la abogacía limita su práctica a la promoción de intereses de sus clientes o si debe enfocarse en la práctica del derecho como un todo (Wendel, W. B. (1995) ‘Lawyers and Butlers: The Remains of Amoral Ethics. Geo. J. Legal Ethics, 9, 161). Otros han comparado el profesionalismo de Stevens con el de otro personaje de la novela, el senador norteamericano Lewis, quien se opone a la rehabilitación alemana, expresada en un brindis que marca el fin de una época respecto al rol de nobles y poderosos en el manejo de los asuntos que afectan a las naciones, a ser reemplazados por un cuerpo de expertos en relaciones internacionales. El senador Lewis adheriría a un profesionalismo de experticia, el cual reduciría toda cuestión práctica, incluidas las morales, a cuestiones técnicas. Dejar espacio a tribulaciones morales socavaría el dominio de la razón por medio de irracionalidad sentimental. El profesionalismo de Stevens, en cambio, sería un profesionalismo de deferencia, el cual permitiría una decisión moral en la elección del empleador, pero una vez realizada dicha elección solo correspondería servir leal y eficientemente a este último defiriendo toda decisión moral en la persona del empleador o empleadora (Luban, D. (1996) ‘Stevens’s Professionalism and Ours’. Wm. & Mary L. Rev., 38, 297). En épocas recientes se ha cuestionado el uso exclusivo de Lo que queda del día como modelo dominante para discutir sobre profesionalismo en las aulas. Sería más fructífero para el alumnado aprender a convivir con visiones sobre la abogacía rivales entre sí, pero a la vez necesarias (Daicoff, S. (2011) ‘On Butlers, Architects, and Lawyers: The Professionalism of the Remains of the Day and the Fountainhead’. JL Bus. & Ethics, 17, 23, contrastando el profesionalismo de Stevens con el del arquitecto Roark de la novela de Ayn Rand, El manantial).

Hacia el final de la novela, luego de haber caído en la cuenta de los altos costos de haber destinado su existencia a su trabajo, Stevens entabla un diálogo con un extraño, otrora también mayordomo. Este último le aconseja disfrutar del atardecer, por tratarse de la mejor parte del día. Ese es el momento en que uno ha concluido su trabajo, pudiendo permitirse poner los pies arriba para descansar y disfrutarlo. Sin perjuicio de la decisión que al respecto toma Stevens luego de escuchar dicho consejo, en sus reflexiones señala que un gran mayordomo es aquel que puede mirar sus años de servicio y decir que ha aplicado sus talentos a servir a un gran caballero y, por medio de este último, servir a la humanidad. Ese momento antes de que acabe una nueva jornada, de la mano de Ishiguro, se transforma en una invitación, en una oportunidad de autoconocimiento y reflexión para cada abogada y abogado respecto del sentido que subyace a su labor profesional de cada día.

Fuente: El Mercurio Legal, jueves 16 de noviembre de 2017